Fontana, California. Volando como un cohete por un tramo de asfalto que parece el más angosto del planeta, los anuncios de los laterales se convierten en borrosas líneas de colores en mi visión periférica, mientras los oídos se excitan con el rugido del enorme V10 que impulsa al Porsche Carrera GT 2005. David Murray, piloto profesional de Porsche, grita desde el transmisor de mi casco, pidiéndome que pise el acelerador. Pero ya vamos por los tres dígitos y se aproxima una curva muy cerrada a la derecha. En cambio, piso el freno y la fuerza G casi me quita todo el aire. A mitad del giro, suelto el freno, llego al final y finalmente cumplo el pedido de Murray, acelerando a fondo al dejar la curva. Aunque me siento como un meteorito, Murray sigue pidiendo más fuerza en el acelerador. Vuelta tras vuelta, el elegante Porsche Carrera GT plateado no da ni un solo paso en falso al volar por el circuito California Speedway, cerca de Los Angeles. Con el más leve movimiento de manos y pies esta maravilla de cuatro ruedas responde instantáneamente a las órdenes. Casi parece leer la mente, anticipándose a nuestras intenciones incluso antes de tener tiempo de pensarlas. Ni hablar de lo intoxicante que resulta el maravilloso sonido que emite el escape; la banda sonora más adecuada para acompañar nuestras fantasías al volante. Murray hace todo lo posible para que exprima al máximo el Carrera GT y para que regrese a los boxes con el auto en buen estado. Ambos objetivos se cumplen sin problemas, pero es fácil comprender que alguien pueda pasarse de la raya con este auto, incluso aunque sea uno de los superautos exóticos más dóciles que hayamos manejado jamás.
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