En la cultura de “un auto por minuto” del siglo 21, es raro encontrar uno que haga la pausa. Las automotrices producen rápidamente un auto nuevo, lo promocionan a toda marcha y lo ponen de inmediato al alcance de los consumidores, quienes difícilmente saben de qué se trata o por qué deberían comprarlo. Cinco años después, o quizás tres, el auto desaparece tragado por un torbellino de estrategias de marketing, y es reemplazado por otro que no se parece en nada a su predecesor, aunque lleve el mismo nombre. Y así andamos. Hoy en día, es difícil encontrar un vehículo que merezca ser inmortalizado en una réplica a escala, una de las probables razones de que los artesanos que se dedican a fabricarlas continúen repitiendo los legendarios modelos de los cincuenta y los sesenta. Sencillamente, no existen modelos actuales que merezcan ser preservados, ni siquiera a escala 1/16. Pero siempre hay excepciones, y probablemente el Chrysler Crossfire 2005 es una de ellas. Con entrañas Mercedes y diseño norteamericano de inspiración Bugatti, el Crossfire se ve como lo que es: el fruto del compromiso entre dos automotrices muy diferentes. Un auto que simboliza la mezcla entre dos culturas.
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